El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció el cierre total del Kennedy Center for the Performing Arts durante un período de dos años, a partir del 4 de julio, fecha en la que el país celebrará el 250° aniversario de su independencia. La decisión, comunicada a través de su red social Truth, contempla una “reconstrucción completa” del complejo cultural más importante de Washington, en medio de una creciente polémica por la politización del recinto y una ola sostenida de cancelaciones artísticas.
Según el mandatario, el objetivo es transformar lo que calificó como un centro “deteriorado, obsoleto y en mal estado, tanto financiera como estructuralmente”, en un espacio cultural de “clase mundial”. Trump sostuvo que el cierre total es indispensable para garantizar la calidad de las obras y aseguró que la renovación se financiará principalmente con donaciones privadas, aunque no ofreció detalles sobre los montos ni los donantes.
Un anuncio marcado por la controversia
El anuncio no ocurre en un vacío. Desde que Trump asumió su segundo mandato en enero de 2025, el Kennedy Center ha sido epicentro de tensiones entre la administración republicana y buena parte de la comunidad artística estadounidense. Compositores, músicos, actores y compañías completas han decidido retirarse voluntariamente del recinto en rechazo a lo que consideran una instrumentalización política del espacio cultural.
Figuras como Philip Glass, Rhiannon Giddens, Issa Rae, así como instituciones de peso como la Ópera Nacional, han cancelado presentaciones o abandonado definitivamente el Kennedy Center. En el caso más reciente, Glass anunció que no estrenará su nueva sinfonía, inspirada en Abraham Lincoln, en señal de protesta.
El cambio de identidad del Kennedy Center
Uno de los puntos más polémicos fue la decisión de rebautizar oficialmente el recinto como The Donald J. Trump and the John F. Kennedy Memorial Center for the Performing Arts, un hecho sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos. Tradicionalmente, los presidentes eran homenajeados con obras públicas solo después de dejar el cargo, no durante su ejercicio.
El patronato del centro, actualmente presidido por el propio Trump y conformado mayoritariamente por figuras leales a su liderazgo político, aprobó el cambio de nombre a finales de 2024. Al día siguiente, se modificó la fachada del edificio, generando fuertes críticas desde el sector cultural y académico.
Caída de público y abandono de suscriptores
Aunque la Casa Blanca niega una crisis financiera, medios estadounidenses han documentado una reducción en la venta de entradas y en el número de abonados. Asistentes habituales de conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional y producciones operísticas señalan que ahora es más fácil conseguir boletos y que las promociones a bajo costo son más frecuentes que en años anteriores.
A esto se suman las renuncias de asesores artísticos como la soprano Renée Fleming y el músico Ben Folds, quienes abandonaron sus cargos en desacuerdo con el rumbo institucional del centro.
¿Qué pasará con la vida cultural de la ciudad?
El cierre del Kennedy Center abre múltiples interrogantes. No está claro dónde operará la Orquesta Sinfónica Nacional, ni cuál será el futuro de su director, Gianandrea Noseda, quien recientemente expresó su intención de resistir en el recinto hasta que el contexto político cambie.
El Kennedy Center no solo es un ícono arquitectónico, sino un eje fundamental de la vida cultural de Washington, albergando desde ópera, ballet y música clásica, hasta jazz, soul, música latina y comedia. Su clausura por dos años supone un golpe directo al ecosistema cultural de la capital estadounidense.
Mientras Trump defiende la decisión como una apuesta por la excelencia, críticos y artistas alertan que el cierre consolida una fractura profunda entre el poder político y el mundo cultural, cuyas consecuencias podrían extenderse mucho más allá del período de reconstrucción anunciado.
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