La deficiencia de magnesio es un problema de salud más común de lo que parece y, en muchos casos, pasa inadvertido durante largos períodos. Este mineral esencial participa en cientos de procesos bioquímicos del cuerpo humano, incluyendo la producción de energía, la regulación de la inflamación, el funcionamiento del sistema nervioso y la reparación celular. Cuando sus niveles son insuficientes, el impacto puede manifestarse de forma progresiva y silenciosa.
Uno de los efectos más relevantes del déficit de magnesio está relacionado con los procesos inflamatorios crónicos. La disminución de este mineral altera el equilibrio de mediadores inflamatorios como la interleucina-1 y el TNF-alfa, favoreciendo un estado inflamatorio persistente. Este fenómeno, conocido como inflamaging, está vinculado al envejecimiento prematuro, al debilitamiento del sistema inmunológico y a un mayor riesgo de enfermedades crónicas.
La carencia de magnesio también compromete la capacidad de reparación celular. Este nutriente es clave en la reparación del ADN y en el metabolismo energético. Cuando escasea, el organismo prioriza funciones vitales, reduciendo la regeneración celular, lo que incrementa el estrés oxidativo y acelera el envejecimiento biológico, incluso en personas jóvenes.
Desde el punto de vista metabólico y cardiovascular, diversos estudios asocian niveles bajos de magnesio con una menor sensibilidad a la insulina, mayor riesgo de trastornos circulatorios y alteraciones del ritmo cardíaco. A esto se suman síntomas frecuentes como calambres musculares, fatiga constante, insomnio, irritabilidad, debilidad y dificultad para concentrarse, señales que pueden servir como alerta temprana.
Detectar a tiempo la falta de magnesio permite adoptar medidas preventivas basadas en una alimentación equilibrada, rica en vegetales verdes, frutos secos, semillas y cereales integrales, así como en un adecuado seguimiento médico cuando sea necesario.
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